Desencanto

Encuentro alguna diferencia entre desesperanza y desencanto.

La desesperanza se tiene; en el desencanto se está.

En la primera, hay más pasión, sentimiento vivo. Impacta pero no impregna de forma permanente a la persona.

En la segunda, se vive una forma lánguida de mirar la vida, un corte lento de nuestros ímpetus, una desgana que nos invita a renunciar, un olvido que al vernos esperar en una esquina nos pregunta sólo un para qué. El desencanto se adueña de nuestro vivir y se nos va llevando.

En la desesperanza corren las lágrimas, los abismos, la desilusión en las profundidades. Es casi un sentimiento de dioses. Reservado para fechas señaladas. Por eso es mucho más escaso. La auténtica desesperanza, casi me atrevería a decir, está ausente de nuestras vidas, como estado continuo. Las cascadas no se prolongan a lo largo de todo el río.

El desencanto, es el humano. Nos va royendo, va  minando nuestra sonrisa, nuestros ojos grandes. Cuando llega, sólo cabe esperar. No se pierde la esperanza. El desencanto es más grave al dañar en lo profundo, aunque la otra se acuse y nos asuste más.

Vientos fríos rozan mi vela…

La desesperanza nos hace mil preguntas, revuelve nuestra nirvana y nos convida al arrebato, a la decisión fatal.

Ningún proyecto, ni el amor siquiera, se puede pretender compartir con el desencantado.

La vida llama al desencanto, pero mantiene siempre viva la esperanza. Las personas solemos responder con desesperanzas de un día y, poco a poco, con un desencanto que nos conduce al abandono postrero. Allí donde se dice que hay otra perspectiva y con las cejas arqueadas redescubrimos el valor de esta vida, condiméntandolo todo con juicios relativos.

Perdimos la ilusión y con ella se nos fue la inspiración, la imaginación y los ímpetus. Es difícil hablar al desencantado y que nuestras palabras puedan entrar en él.

La esperanza es decidida. Juega y baila al son de los colores. Primarios. Vivos. Nítidos. La esperanza es contagiosa y explosiva. El desencanto es soledad, sin fuerza ni para decirse.

Vivimos vocacionalmente esperanzados una vida que va apagando el encanto.

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